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Verdemar > Pequeña historia > 1970-1980

Se dice que el ser humano, tras nacer en estado de inmadurez total, completa los elementos fundamentales de su desarrollo en los primeros años de vida.

Yo creo que en Verdemar se da un proceso semejante. De hecho,
en la década que ahora prologamos, podría decirse incluso que en su primera mitad, queda fraguada la estructura que, a lo largo de los años, se irá enriqueciendo de contenidos y adaptándose a los tiempos hasta nuestros días.

Verdemar es el nombre de un proyecto ilusionado, revolucionario
en el sentido de cambio profundo, que se fue anticipando a muchas de las innovaciones sociales y educativas que años más tarde se convirtieron en norma y que solo algunos centros escolares han llegado a poner en práctica.

Verdemar nace bajo un régimen político de dictadura. En declive
ya, pero claramente vivo en la mayoría de las instituciones. Careciendo de derecho de reunión y de asociación, sin libertad de expresión (sorprende hoy día saber que las cosas eran así), Verdemar anticipa la gestión democrática y la participación en aspectos que muchos centros escolares, aún hoy, casi 50 años después, no han conseguido. Quienes vivimos aquellos años, y participábamos en el proyecto, éramos plenamente conscientes de que estábamos abriendo la puerta a un nuevo mundo.

Verdemar anticipa, al menos cinco años, los principios desarrollados
en el artículo 27 de la Constitución de 1978.

Consecuentemente, anticipa también y pone en práctica, con
veinte años de antelación, las líneas fundamentales de la Ley de Ordenación General del Sistema Educativo (LOGSE) de 1990. El sentido profundo de participación de los Consejos escolares, la formación permanente del profesorado (incluso de los padres y madres, habría que decir), la compensación de desigualdades entre alumnos de diferente nivel socioeconómico, la atención a la educación infantil, la iniciativa privada en la creación de centros escolares, los principios de economía social y algunas más.

Verdemar se configura, ya desde los primeros años de su funcionamiento,
como modelo absolutamente original: ni era un centro público sometido a las limitaciones del control directo y total de la administración, tampoco era un centro nacido de una congregación religiosa, ni era, en absoluto, una empresa con fines lucrativos. El hecho de constituirse como cooperativa 48 1970 - 1980 no fue tampoco casual. Incluso, aunque años más tarde tuvo que enfrentarse a la alternativa de ser cooperativa de trabajo o de consumo, en los primeros años de andadura, los que sirvieron para fraguar su personalidad propia, no existía tal dualidad. Verdemar era una cooperativa, más en el sentido semántico y etimológico que en el jurídico, porque eran, éramos, todos para todo. Había roles diferenciados, pero no había categorías, en el sentido en que hoy se entienden los títulos y lo cargos. Resulta curioso confirmar, al revisar las memorias que trato de presentar, cómo algunos de los recuerdos más intensos de quienes vivieron aquella década, ponen el foco en aquellos fines de semana en que todos se encontraban para echar una mano en las obras de mantenimiento y la mejora de aquella casa.

Lo mejor para nuestros hijos. Esa fue su única razón de ser y su
horizonte.

Verdemar nació en Maliaño. Y volvió a nacer, unos años después,
en San Román de la Llanilla, cuando dio su primer estirón de crecimiento. Y volvió a nacer unos años más tarde, esta vez en Barcelona, en el centro L’Horitzó, donde un primer equipo de conquistadores experimentamos en vivo la pedagogía modelo educativo de Verdemar.

De allí fueron importadas piezas fundamentales, como el texto
libre, la correspondencia escolar, las asambleas de clase, la imprenta, los planes de trabajo. De allí vinieron los principios pedagógicos del tanteo experimental, el aprendizaje en contacto con la realidad y los principios cooperativos que se concretaban hasta en aspectos tan relevantes como que los libros de texto y todo el material escolar fueran de propiedad y uso colectivo.

Por allí pasó, en sucesivas oleadas, todo el personal docente,
y fue recibido con tal grado de convicción el modelo que no solo se aplicó con entusiasmo, sino que, incluso, muy pronto, Verdemar se convirtió en un foco difusor del modelo para otros centros escolares.

Todos estos ingredientes se fueron cocinando en la segunda
mitad de la década, convirtiéndose en señas de identidad y
haciendo de Verdemar, ya desde esos años, uno de los centros
educativos más prestigiosos de nuestra región.

Alejandro Rivas
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